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Morir de romanticismo

Morir de romanticismoUna familia ve Netflix en el salón vía digitaltrends.com

El auge de internet y de las nuevas tecnologías han cambiado el hábito de consumo por parte de los espectadores. El visionado “bajo demanda” y la ubicuidad de la red han modificado un modelo clásico, impulsando a empresas que han visto el cambio a tiempo. Pero esto no ha gustado a todo el mundo.

Fotograma de la película Okja vía festival-cannes.com

Pedro Almodóvar declaró en mayo, en una rueda de prensa en el Festival de Cannes, que le parecía una paradoja premiar una película que no se proyectara en una sala de cine. Les voy a poner en contexto: Durante la celebración del festival, antes de las declaraciones del director español, la organización anunció que a partir de 2018 no permitiría entrar en la competición a films que no tuvieran previsto su estreno en cines franceses. La polémica surgió porque se habían seleccionado para el certamen dos películas de Netflix (Okja y The Meyerowitz Stories), cosa que no gustó demasiado a la Federación Nacional de los Cines Franceses (FNCF), ya que se mostraban preocupados por la distribución posterior de esos largometrajes.

Tiempo después, el gran Christopher Nolan, al que admiro, comentó sin pudor en una entrevista en El Mundo: “¿A quién le importa Netflix? No es más que una moda”. Y se quedó tan tranquilo, argumentando que lo que “ha definido siempre a una película es que se vea en un cine”. Terminó este ataque diciendo que si él fuera organizador del Festival de Cannes no permitiría que entraran esos largometrajes porque no eran películas. Hace poco Nolan rectificó, reconoció que no había tenido tacto, que había pedido perdón a Netflix y llegó a afirmar que la plataforma “era extraordinaria”.

Reconozco que tuve que leer las noticias un par de veces, porque no creía lo que veían mis ojos. Empecé a reflexionar sobre el momento actual de la industria y el terrible momento por el que pasan los cines, con salas vacías. La principal queja suele ser el precio de las entradas y el odiado IVA cultural. Ya sabemos que pronto el IVA bajará en este ámbito hasta el 10%, pero que nadie se engañe pensando que la reducción del precio va a ser significativa. De hecho, puede que el consumidor no note prácticamente nada esta disminución del impuesto. Lo que está claro es que el precio de las entradas es una barrera enorme y a mi modo de ver ya es insalvable.

Sala de cine vacía vía 20minutos.es

El importe de una entrada de cine varía según la sala, la ciudad, y por diversos criterios, pero podríamos decir que la media oscila desde los 7 hasta los 10 euros. A esto hay que sumar los costes del desplazamiento hasta el lugar, e incluso deberá valorar si a usted le resulta más o menos cómodo visionar una película en el cine. Tiene su encanto, claro, pero por ese mismo dinero que va a gastar para entretenerse dos o tres horas puede usted suscribirse durante un mes a cualquiera de las plataformas de visionado en streaming que se le ocurra. Podrá disfrutar de series y películas en cualquier parte, como quiera, prácticamente en todos los dispositivos de los que disponga.

El tema que nos ocupa trasciende al cine y entra también en el mundo de las series, en el que han habido polémicas similares, pero el ejemplo anterior es necesario. Lo cierto es que las suscripciones a plataformas como Netflix, HBO, MoviStar+ o similares han crecido en los últimos años a un ritmo descomunal y el visionado online bajo demanda se ha establecido como la forma más común de consumir contenido entre el público joven. Incluso Amazon, empresa ya indefinible por la cantidad de actividades que realiza, tuvo que ceder ante esta oleada. Acaba de confirmar una serie ambientada en el mundo de El Señor de los Anillos y en unos días estrenará la segunda temporada de The Grand Tour, la adaptación de Top Gear con sus antiguos protagonistas, tras su convulsa salida de la BBC.

Ya con la moda de YouTube, las televisiones de todo el mundo se echaron las manos a la cabeza: ¿Cómo era posible que una persona cualquiera tuviera millones de seguidores grabándose en su habitación hablándole a una cámara y que generara tales ingresos? Como era de esperar, en vez de hacer autocrítica y plantearse si el problema era que el contenido que estaban generando no merecía la pena, muchos intentaron echar por tierra el trabajo de los youtubers.

La sociedad cambia y los hábitos de consumo también. Y no pasa nada. Pero hay que saber adaptarse. Algunos se enfrentan a una muerte inevitable por puro romanticismo. Es muy bonito el olor a libro nuevo pero, ¿cuál es el problema de leer una obra nueva en un eBook? Tiene su aquel pasar las páginas del periódico mientras tomamos el café pero, ¿por qué no podemos pasar pantallas en nuestra tablet? ¿Por qué les molesta tanto a algunos cineastas que su película se estrene en una plataforma a la que millones de personas pueden acceder en el momento en el que se publique y hacerla viral en cuestión de horas? Falta autocrítica en muchas ocasiones. Igual el contenido tampoco es relevante, no todo será culpa de los precios, de la piratería o de otras opciones fuera de las salas de cine. Ese menosprecio sistemático a la creación de cualquier obra artística publicada directamente en internet, a veces sin ni siquiera intermediarios, es absurdo.

Arthur Sulzberger Jr., editor del The New York Times, ya anticipó en 2002 (hace quince años ya, que se dice pronto) todo esto. Vino a decir un día que él no estaba en el negocio de los periódicos, que él se debía al público. En aquella época, como él señalaba, la audiencia quería el papel y ellos trataron de servir al mercado, pero si en el futuro el público quería el contenido directamente en su cerebro, inventaría una edición que lo permitiera. Esa es la actitud.

No importa el formato, no importa cómo no se nos presente una creación. Si es buena, si merece la pena, va a gustar, sea en el cine, en el móvil o en el sitio más disparatado que se les ocurra. Lo importante siempre es el contenido.

José Miguel Rodríguez Ros
Estudiante de Periodismo en la Universidad de Murcia. Fundador y Director General de El Periodicum, amante de la radio y becario en el Vicerrectorado de Comunicación y Cultura de la Universidad de Murcia.

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