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Festival de Cine de San Sebastián 2017: Call Me By Your Name

Timothée Chalamet y Armie Hammer en una escena de "Call Me By Your Name" | THR (Courtesy of Sundance)

Sin entrar en detalles innecesarios, Call Me By Your Name de Luca Guadagnino termina con un primer plano estático de Timotheé Chalamet mirando a una chimenea. Un primer plano en silencio de cinco minutos que tiene lugar mientras se suceden los créditos finales. Lo normal hubiera sido que en el momento en el que apareció el nombre del productor ejecutivo de la película, la sala del Kursaal en la que se proyectaba se hubiera vaciado a empujones porque eran las dos y veinte de la madrugada y todos teníamos un pase a las nueve de la mañana siguiente. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. Menos de veinte personas abandonaron la sala sin ver como terminaba el plano de Chalamet. Y en esa sala del Kursaal habría unas 600 personas.

Call Me By Your Name llegaba a San Sebastián como la película con mejores críticas del año tras restaurar la fe en el cine y en el amor a todos aquellos que la vieron en Sundance, Berlín y Toronto. Y curiosamente, según le dijo Guadagnino a The Hollywood Reporter hace unos meses, él nunca pensó que llegaría a los Festivales de invierno con su película. Pero después de verla, podemos llegar a la conclusión de que el director no tuvo en cuenta dos cosas: La primera es que Call Me By Your Name es una de las mejores películas del año, si no la mejor. Y la segunda es que nadie está tan muerto por dentro como para no salir de esta película con una sonrisa.

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Timothée Chalamet y Armie Hammer en «Call Me By Your Name» | Village Voice (© Sony Pictures Classic)

Call Me By Your Name cuenta la historia de Elio Perlman (Timotheé Chalamet), un chico de diecisiete años que pasa el verano de 1983 en una villa italiana del tamaño de Murcia tocando canciones de Bach en el piano y leyendo libros que cuyos títulos es probable que nosotros no seamos capaces de deletrear. Un adolescente en pleno despertar sexual, que se aburre entre árboles frutales y encantadores pueblos italianos salidos de una guía de viaje diseñada por Federico Fellini. Elio es el perfecto ejemplo de esa juventud poseída por la inquietud de querer crecer, que se ve obligado a esperar a que pasen los días o a que pase algo que cambie su vida. Y cuando ese algo tiene la cara, los pectorales y la voz de Armie Hammer y duerme en la habitación de al lado, Elio tarda trece milésimas de segundo en decidir que ya tiene plan para ese verano. Oliver (Armie Hammer) es un estudiante de veinticuatro años que el padre de Elio (Michael Stuhlbarg), profesor de arqueología, trae desde Estados Unidos para que le ayude en tareas de investigación durante seis semanas. Pero lo que el personaje de Stuhlbarg no sabe es hasta qué punto Oliver va a aprovechar su estancia en Italia.

La película se dedica a seguir a Elio y a Oliver, creando una historia de amor y madurez tan detallada que en imagen general parece que incluso se pierde el elemento de ficción, en la que Elio y Oliver tratan de seducirse mutuamente hasta darse cuenta de que en algún punto va a ser demasiado tarde. Y es entonces cuando la película se convierte en una historia de la que es imposible no enamorarse. Como espectadores, acabamos mirando la pantalla con los mismos ojos con los que se miran Chalamet y Hammer, que dan interpretaciones tan delicadas y vividas, que seguramente hicieron que la mujer de Armie Hammer se pusiera tensa cada vez que ambos compartían una escena.

Timothée Chalamet Call Me By Your Name
Timothée Chalamet en «Call Me By Your Name» | © Sony Pictures Classics

Luca Guadagnino construye la relación con cada mirada, cada gesto y cada línea de diálogo. Todo en Call Me By Your Name es un reflejo de algún aspecto de la historia. Desde la forma en la que Timothée Chalament toca el piano para Armie Hammer, a la manera en la que el Sol se refleja en el agua. Todo se combina y se complementa en la película para crear una atmósfera que nos recuerda a ese amor de verano que nadie ha tenido nunca, pero que todos somos capaces de identificar con cierta nostalgia. Una idílica y seductora atmósfera adornada por el paisaje de Italia, capturado por la cámara de Sayombhu Mukdeeprom a través de una iluminación y unos colores tan perfectos que me cuesta creer que se den de alguna forma en el mundo real. Una atmósfera a veces llena de sutileza, a veces completamente descarada, pero en la que cada detalle, por pequeño que sea, cuenta para algo.

Call Me By Your Name es una de esas películas más grandes que la vida, pero sin pretender serlo en ningún momento. Elio y Oliver no se enamoran en el buque de los sueños, ni en esa fantasía desquiciada y hasta las cejas de LSD que era el Moulin Rouge, ni en un futuro distópico donde podemos borrarnos a alguien de la memoria y el pelo verde es una buena idea. Su historia no es la mayor historia de amor jamás contada, pero el efecto que nos produce es el mismo. Ver Call Me By Your Name es una catarsis emocional que nunca explota. Una catarsis que se contiene y te destroza por dentro. La película se desprende del sentido de la espectacularidad de los grandes romances para refugiarse en el costumbrismo, en la naturalidad en la que surge el amor de verdad. No el amor con el que soñamos, pero sí el que vivimos en algún punto. El amor que nosotros podemos identificar como nuestro. Y por eso la película duele tanto. Porque es mucho más fácil que nos sintamos cerca de Elio y Oliver, que de Rose y Jack.

Timothée Chalamet y Armie Hammer en «Call Me By Your Name» | © Sony Pictures Classic

Aquel viernes, nadie quería irse de la sala del Kursaal porque todos sentíamos lo que sentía Elio. Porque la película deja el sabor amargo de un corazón roto, pero también las ganas de vivir que te da el amor. Como dice Michael Stuhlbarg en un espectacular discurso hacia el final de la película: “Si sientes dolor, cuídalo, pero no acabes con tus sentimientos con tal de no sentir nada. Menudo desperdicio”. Y es que eso es Call Me By Your Name: Llorar con una sonrisa y abrazar un final agridulce. Aquella noche, todos preferimos quedarnos regodeándonos en el dolor de Elio, porque aquel dolor también se había convertido en nuestro. Y esas 600 personas allí sentadas lo teníamos muy claro: no nos íbamos a perder ni un solo instante. Habría sido un desperdicio.

Aitor Salinas
"La cultura popular es la política del Siglo XXI", Gale Weathers. Reportera intrépida. Leyenda del periodismo.