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ENTREVISTA | Kase.O: “Me escondí tras la máscara del ego durante veinte años”

Kase.O en Valladolid | Fotografía de KatxoBitxo

Un chico de doce años que rima para sí mismo frente al espejo del baño, una caja de ritmos de su hermano mayor y las primeras maquetas. Rudimentarias, con los diseños de unos grafiteros del barrio plasmados en un cassette. El nombre de Javier Ibarra «Kase.O» (Zaragoza, 1980) empezó a sonar en La Jota. También comenzaron las colaboraciones junto a Hate, Lírico y R de Rumba, todos ellos Violadores del Verso. El grito de uno de los mejores grupos de rap de habla hispana supo al agua del Ebro, al ego brillante de las peleas de gallos y a la idiosincrasia de un barrio aragonés. Hoy, las canciones de Kase.O hablan de lo universal y lo abstracto. O cantan al amor sincero, de carne, hueso y sangre. Contestatarias y ácidas, duelen.

Vicente Huidobro, Eduardo Galeano, Kandinski o Voltaire. Son algunas de las lecturas del MC español que obtuvo un disco de oro apenas dos meses después del lanzamiento de su último trabajo en solitario: El Círculo (2016). Kase.O descubre su biblioteca y se arroja sincero al papel.

Kase.O en concierto | Fotografía de Gustaff Choos

OFF Magazine: Vuelves de Colombia y te encuentras en una tormenta de pensamientos negativos, miedo y presión. Sales adelante y lanzas El Círculo, tu último trabajo. ¿En qué parte del disco podemos escuchar esa catarsis?

Kase.O: En casi todo el disco hay arrebatos de sinceridad, que fue lo que me salvó. El Círculo no era lo que mi público esperaba, yo lo sabía. Eso me daba miedo. Me di cuenta de que el rap que llevaba haciendo con Violadores del Verso durante veinte años no iba a ser la estética del disco. Lo que me salvó fue sincerarme conmigo mismo, escarbar en viejos traumas de la adolescencia y cumplir la función del arte: expresar al máximo dejando de lado lo que la gente esperaba de mí. Fue duro romper con eso y está patente en todo el disco. ‘Guapo tarde’, ‘Tiempos raros’ o ‘Mazas y Catapultas’. Me atreví a cantar el amor sincero y fue difícil porque yo tenía un concepto más hardcore y oscuro de mis fans. Ofrecí lo que yo llevaba dentro y, aún así, hay algún purista al que no le gusta nada. Pero a mí me da igual: tengo 37 años y no tengo por qué imitar lo que hacen en Nueva York o en Brooklyn. Hasta llegar a esa decisión, fueron dos años muy duros.

Has comentado varias veces que el de El Círculo es un rap honesto, que huye del virtuosismo en la métrica o en la forma. ¿Qué es lo que ha provocado este salto?

Varios factores: la madurez, la sinceridad… Una vez decidí desnudarme, no fue difícil expresarlo. Creo que hubiera sido mucho más complicado callar. También influyó el cansancio estético: la sensación de que usaba las mismas fórmulas, tempos, ritmos, métricas… Estaba aburrido. Entonces, me distribuí las temáticas. Quería que el disco tuviera estéticas diferentes. ‘Triste’ no se parece a ‘Esto no para’ o a ‘Mazas y Catapultas’. El trabajo no es lineal, sino que cada canción es un ente independiente. Creo que ese es el trabajo intelectual más arduo para un artista.

Fue duro reconocer que me había escondido tras la máscara del ego durante veinte años. Con El Círculo me dije: “Tú no eres más que nadie. Eres una rata, como los demás. Aquí vas a sacar la rata que llevas dentro”. Ése fue el acierto. Hay canciones de competición en el disco: ‘Rap Superdotado’ o ‘Pavos reales’. Incluso ‘Yemen’ tiene algo de vacile, pero me aterraba que la máscara cubriera todos los temas. Fue un ejercicio de introspección, de quitarme la vergüenza y sacar el amor. Romper con los prejuicios y enseñar mis debilidades.

Has hablado de dos facetas de El Círculo: la introspección de ‘Amor sin cláusulas’ y el vacile de ‘Pavos reales’. Pero hay un tema que no cuadra en ninguna de ellas: ‘Repartiendo Arte’. Abstracta, cerebral y llena de imágenes, ¿qué te llevó a escribir esta canción?

Carátula del single ‘Repartiendo Arte’

Fue la primera que escribí. Quería desprenderme del yo, que la canción fuera un viaje abstracto. Yo sabía que cada mente la entendería de manera distinta. No es lo mismo hablar de algo concreto o tangible que del universo o del arte. Aunque soy yo el que viaja en la canción, quería hacer un experimento de abstracción y evocar en el oyente la idea de eternidad o infinitud. La canción dura cuatro minutos, pero si la escuchas profundamente el tiempo deja de existir. Es un espacio eterno.

Entonces, estaba leyendo a Kandinski, De lo espiritual en el arte. Me inspiró mucho. Junto a otros artistas, Kandinski se opuso a la pintura figurativa. El tipo se plantó y rompió con la idea de lo concreto. Hacía un círculo bermellón, con un color increíble, y decía: “Éste soy yo”. Lo llamó arte concreto. No hay nada más concreto que esa mancha, soy yo. La crítica lo jodió y acuñó el término de arte abstracto, pero Kandinski no lo había bautizado así. También leí a dos musicólogos: Carlos Fregtman y Egberto Gismonti. Me dieron valor para hacer esta canción tan loca. La instrumental también ayudó. Es muy cósmica y casa bien con lo abstracto de ‘Repartiendo Arte’.

Más allá de Kandinski y estos dos musicólogos, ¿qué lees?

Todo lo que cae en mis manos (ríe). Creo que el poeta chileno Vicente Huidobro también me influenció en Repartiendo Arte. Sin duda. Él fue unos de los precursores del creacionismo en la poesía. Se parece a Kandinski: no trata de imitar a la naturaleza, sino de crearla. Ser una especie de dios. Su libro Altazor lo refleja muy bien. Es loco, abstracto y muy bonito. También leo libros espirituales. A Deepak Chopra, por ejemplo. Soy un tío normal, que hace sus pedidos en Amazon con ilusión (ríe). Últimamente y durante la grabación de El Círculo, leí casi todas las obras de Voltaire. No sé por qué, me dio por ahí. Y el Tartufo, de Molière. Un escritor que siempre me ha gustado mucho es Eduardo Galeano. No tiene un libro malo el cabrón (ríe).  Algo menos conocido, quizá, es Roland Topor. Es un ilustrador y dibujante francés que hacía humor negro y sátira. Tiene unos escritos increíbles que me han volado la cabeza.

En Esto no para, retratas a “un pueblo desquiciado, sordo por el ruido”. En tiempos de terrorismo internacional, inestabilidad política y corrupción, ¿qué lugar ocupáis los creadores?

Un lugar muy humilde, pero necesario. A veces damos mensajes muy evidentes, aunque no está de más recordarlos. “Si estás cansado de esperar, muévete”. Es simple: si estás esperando algo que no llega, ve a por ello. Aunque yo no sea un ejemplo de nada, me siento capaz de decirlo. Hace tiempo que rompí con ese miedo.

Hay tres maneras de incidir en el universo: el pensamiento -la más débil-, la palabra y la acción. Los artistas estamos a medio camino, con la palabra que despierta conciencias y puede animar a los corazones. Hay canciones de otros artistas que me han inspirado a seguir adelante. Sé que tenemos esa capacidad, pero es muy humilde. No somos chamanes ni mesías.

En 2009, comenzaste una gira con la banda Jazz Magnetism. Fue una apuesta arriesgada: un sonido radicalmente nuevo, unas instrumentales orgánicas con mucho protagonismo y una música compleja como es el jazz. En el rap confluyen música y poesía. ¿Qué papel juegan los ritmos en tus temas?, ¿cómo los planteas?

Para mí, son el 50% de mis canciones. En El Círculo fue especialmente difícil encontrar los ambientes que buscaba. Quería acabar con el proceso de imitación. Podría haber llamado a un productor estadounidense y que mi disco sonara como si yo fuera de Brooklyn, pero me negaba. Eso me hubiera encantado cuando tenía 18 años y me flipaba el rollo. Con mis 37, quería hacer mi propia música. Al final, la mitad del disco lo tuve que producir yo. Me compré un teclado y empecé a buscar los acordes que me iban a servir para contar la historia. En ‘Mitad y Mitad’ necesitaba una armonía romántica y sensual que nadie me daba. Probando y probando con el pianito, la encontré.

Nosotros siempre hemos trabajado con bases de jazz y de funk. Es el pilar de nuestra cultura: honrar a la música negra. Pero hay ciertos acordes que no encontraba, así que me los tuve que inventar. ‘Basureta (tiempos raros)’, por ejemplo. Ese repiqueo de piano. En realidad, todas las instrumentales son muy minimalistas: un pequeño paisaje sin grandes detalles. Se han quedado así, desnudas, y le dan carácter al disco.

Volvemos a la honestidad.

Claro, ésa fue una de las claves: cantar sobre mi propia música. Para mí, ésa es la experiencia completa de un MC. Creo que voy a tender a eso. Es muy difícil que un productor se meta en mi cabeza (ríe). A no ser que sea algo estándar, claro. “Quiero un ritmo como los de Nueva York”. Entonces, ya le das una pista. Pero si le dices: “quiero expresar una depresión”, tienes que ponerte manos a la obra. Voy a seguir aprendiendo poco a poco. Rimar y componer el fondo.

¿Qué te gusta escuchar, además de rap?

Michael Jackson siempre ha estado presente en mi vida. Ha sido mi ídolo desde pequeño y le quiero mucho. Cómo canta, cómo baila y su música. Es la perfección. Siempre que puedo, lo reviso. También escucho mucho New Age: Enya, Vangelis, Neuronium… Música de relajación. Además, jazz-funk. Bob James, Grovert Washington. Es más light, no te pone la cabeza como un bombo. Me muevo en esos ambientes: soul, funk, jazz, música clásica y New Age. En mi camerino suena eso.

¿Hay algún mensaje que no hayas podido expresar todavía?

Sí. Escribí mucho en el proceso y no entró todo en el disco. Aún quedan muchos mensajes positivos y, sobre todo, de protesta. Quiero animar a las chicas. Veo ciertas cosas que tenemos normalizadas respecto a las mujeres y que no son así. Son asquerosas y se transmiten de generación en generación. Me gustaría una canción que denuncie esto que percibimos como normal y que ocurre a diario. Me pondré pronto con ello.

¿El rap es machista?

El mundo y la sociedad son sexistas. En el rap, hay mucha gente inculta y no se les puede pedir mucho, aparte del flow y el ritmo. No reflexionan lo que cantan y sueltan perlas por la boca. Además, la mujer siempre se lleva la peor parte del ambiente marginal y de la pobreza. El machismo es una realidad en el rap.

Por último, he leído que tienes en mente un proyecto literario.

Más que el proyecto, tengo las ofertas. Para mí, es algo muy serio. No quiero hacer un libro de mis letras. Quiero que sea una bomba y, sólo de pensarlo, me da una pereza acojonante (ríe). Es mucho esfuerzo. Con la gira, llego a casa el lunes reventado y el jueves estoy otra vez en la carretera. En un futuro, me gustaría hacer un libro loco, variado y muy guapo. Tendría que pararlo todo y estar escribiendo un año entero. Un proyecto de esa envergadura requiere tiempo. Además, nunca sacaría un libro porque fuera mi momento y se vendiera bien. No funciona así. Si lo hago, será trascendente y con mucho peso lírico. Es algo muy serio, les tengo mucho respeto a los escritores.

Ana Ramírez García-Mina
Comprender para contar. Literatura, Jazz y Periodismo en la UNAV.

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