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Años Salvajes: así se domesticó una fiera

Portada de Años Salvajes, de William Finnegan | Editorial Libros del Asteroide

La autobiografía y retrato del surf del periodista William Finnegan es el libro indicado para vivir la aventura de la vida, y para leerlo durante tu propia aventura vital. Entre acampar improvisadamente para surfear al amanecer, subsistir económicamente como friegaplatos en un casino australiano, tener que racionar el agua potable en Java, escribir una novela en lugares como una biblioteca de estilo colonial de Fiyi, sobrevivir a la malaria en un hospital en Bangkok, dormir al raso entre tiburones, cangrejos, serpientes “y mejor no saber cuántas cosas más”, William Finnegan leyó mucho. Este Premio Pulitzer 2016, “Años Salvajes”, es uno de esos libros con los que viajar. “Hasta cuando me iba a surfear, me llevaba la mochila llena de libros”. Norman O. Brown, Frantz Fanon, James Joyce, Mark Twain, Joseph Conrad y muchos que no cita.

Cultura y precisión dentro y fuera del agua

Su vasta cultura literaria y filosófica impregna este libro. Había sido un chico cultivado desde el instituto, cuando leyó a Hemingway, Shakespeare y Joyce. Y se licenció en Filología Inglesa antes de partir en 1978 en el surfari -el viaje sin fecha de vuelta en el que buscó las mejores olas del Pacífico-. Tanto bagaje cultural le permite esgrimir metáforas como esta: “me sentía como si me hubiera metido en las pinturas negras de Goya”, y describir sin rodeos olas, lugares, personas y sentimientos. Su escritura escueta y concisa -lo que su compañero de surfari, Bryan Di Salvatore, otro literato, llamaba vulgar y predecible- es la sintaxis directa que le caracteriza como el periodista reputado que es. Y es propia de un periodista.

Ese vocabulario rico y ese empleo preciso del adjetivo apropiado contrasta con los primeros capítulos en los que nos muestra cuando, en su niñez, descubrió el surf y descubrió todas esas olas de Hawái que había visto en las revistas y por las que había suspirado. Su escritura es igualmente simple. Pero entre frase y frase se puede escuchar al niño que era, y no al maduro William que escribe.

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William Finnegan a finales de los años 60.

En esa etapa, nos permite conocer al niño que pone a prueba lo aprendido en California en las olas de Cliffs, Honolulu, y que conoce la parálisis del miedo en Rice Bowl. Y nos transporta, desde ese ávido aprendiz, por el surfari en el que salió por el oeste para volver por el este, hasta el surfista curtido, curioso y rebosante de conocimientos, experiencias y confianza en sí mismo que llega al clímax en Lagundri, Isla de Nias, Indonesia. Alcanzó su mejor versión a través de episodios en los que descubre el efecto del LSD en Honolua Bay, toma decisiones estúpidamente arriesgadas, como en Uluwatu, o disfruta de lo inconcebible en una ola que no hacía lo que se suponía que debía hacer en la aún desconocida Tavarua, Fiyi.

Un tipo como él -y como todo surfista entregado, por lo visto- analiza todo lo que hace a una ola ser esa ola (si el fondo es arena, roca o coral; cómo de profundo es el fondo; si el viento es de tierra o de mar; las corrientes marinas; la temperatura…) antes de surfearla. Un tipo como él, en su papel de físico y oceanógrafo, apuntó que esa ola de Tavarua “pertenecía al mundo de lo sobrenatural”.

El análisis técnico de las olas es algo frecuente en “Años Salvajes”. Al fin y al cabo, la crítica dice que es el mejor libro de surf escrito jamás por algo, además de por el retrato histórico que muestra el cambio en las tendencias y percepciones culturales del surf. Esto hace que, para alguien como yo -que no ve el mar más que cuando pisa la playa alguna vez si eso en verano-, sea complicado seguirle al principio. Pero se aprende mucho. Cuantas más palabras conoces, más se amplía tu campo de visión. Por eso, después de leer “Años Salvajes”, ver una ola no se limitará a mirar una ondulación en el mar, sino que te permitirá fijarte en si tiene tubo, si es de izquierda o de derecha, o si el viento de tierra la ahueca o el de mar la aplasta. Permite ver más en la ola para los neófitos del mar.

Una fiera domesticada

No obstante, no sólo se aprende sobre surf -como aprender sobre el racismo hacia los blancos en Hawái o sobre el falso paraíso que es Guam- porque no es un libro sólo sobre surf. Trata también de su evolución como persona, por supuesto. Comienza en la “miopía egoísta”, “la arrogancia de estudiante universitario” y el rechazo de sus propias raíces -tanto familiares como culturales occidentales-. El camino en el que abre sus ojos hacia los demás está profundamente marcado por el cansancio y el apartheid de Sudáfrica.

El núcleo de su crecimiento personal y del surf está envuelto en política y música, lo cual es otra muestra de su inteligencia y bagaje cultural. Van Morrison, Hendrix y Bob Dylan envuelven el retrato cultural con el que Finnegan explica por qué rechazó sus raíces y por qué volvió. La fiera que tomaba decisiones impulsivas no quería tener un hogar fijo. Ni comodidades. Y volver a su hogar y a occidente -después de comparar cómo en el Pacífico veían a occidente y cómo nos vemos nosotros- supuso superar el orgullo que impide agradecer las comodidades. Cómo relata y cómo comprende -y muestra que comprende mientras escribe-  sus rincones psicológicos más enmarañados, es algo que hace desde la compasión. Leer su introspección no es algo duro.

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William Finnegan en 2016.

Tiene destreza al retratar psicológicamente a las personas, no sólo a él. Una de las veces en las que describe a Bryan Di Salvatore, dice de él que “no tenía ningún interés en la perfección” por su “singular realismo, madurez y conocimiento filosófico de la naturaleza de las olas”. Comparaba a Bryan con el resto de surfistas, que “persiguen el fetiche de la perfección”. Si no existe tal perfección, ¿qué buscaban él y Bryan? No es fácil contestar a eso -por algo comparan el surf con el sexo o una religión-, pero puede ser que persigan, como define el autor, “atisbos de eternidad”. No obstante, en varias páginas el autor recuerda el pánico que le infundía ver que su vida carecía de sentido.

William Finnegan desiste de la idealización cuando cambia la ficción por los hechos tras el golpe de realidad de Sudáfrica y relega el surf a una actividad secundaria en su vida. Quizás sólo en ese realismo se pueda encontrar el sentido a surfear: en el adorar la eternidad de un tubo, sollozar como Finnegan tras ser escupido por el océano, aprender a vivir en la soledad de la búsqueda y en la ansiedad de la duda, lidiar con la frustración predominante de las sesiones insípidas, ser vulnerable ante la embestida insensible de una ola y desarrollar el autocontrol para decidir sí o no en un mar abierto de complejidad y vida.

Victoria De Julián

Estudio Periodismo y Filosofía en la UNAV. Busco oportunidades de ser mejor, crear y aprender haciendo. :D

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