Opinión

El alma de las fotografías

 

Supongo que el problema comenzó cuando empezamos a encerrar a nuestras fotografías en los teléfonos móviles inteligentes. Esos que, por efecto de la globalización y lo cool, ahora son smartphones.

Sí. Comenzamos a prostituir a la fotografía con los smartphones. Se perdió aquello de poner el ojo, la cabeza y el corazón en el mismo punto y disparar. Pasó a ser más bien algo así como: ponerse entre los demás y mi objetivo y disparar, disparar, disparar… Fuego a discreción. Alguno acabará matando. El fino e inteligente juego del francotirador se había acabado. Adiós a la mirada singular de Diane Arbus. Adiós a la astucia paciente de Henri Cartier Bresson. Adiós a los paisajes con alma de Ansel Adams. Adiós genios, hola filtros.

Así es, hemos prostituido la fotografía y, no contentos con ello, hemos comenzado a maltratarla, sometiéndola a severos períodos de prisión y hacinamiento: cien, doscientas, trescientas imágenes. Todas en nuestro dispositivo, sin poder escapar, sin poder ser vistas, ni sentidas, ni acariciadas, ni reflexionadas. Ni nada de nada. Relegadas al olvido digital hasta el siguiente volcado o subida a La Nube, esa gran desconocida.

Eso las que tienen suerte, porque otras morirán 24 horas después de nacer: son imágenes testimoniales para Snapchat o Instagram Stories. Fotos que darán cuenta a nuestros numerosos contactos (quizá ni tan siquiera personas) de que sí, hacemos cosas, estamos vivos y somos (o intentamos) ser felices, aunque sea tras una cara de perrito que ya se nos va quedando antigua. Lo mejor de todo es que nadie las echará de menos: fueron, en la mayoría de ocasiones, un mal parto. Incluso uno no deseado, de lo cual uno acabará dándose cuenta, precisamente, a las 24 horas. Quizá un poco antes. Quizá, un poco después. Entonces, lo que pareciera un día cualquiera, en la vida de un fotógrafo cualquiera, se vuelve un misterio terrorífico cuando este fotógrafo ve a un niño -apenas contará con 3 años de edad- deslizando de derecha a izquierda su dedo índice sobre las fotos de un álbum físico.

Y esas pobres fotos, que aún no habían perdido su analógica dignidad, se empiezan a quedar marcadas por las huellas de la mano del crío. Y, entonces, los progenitores -o unos seres adultos, que para el caso es lo mismo- apartan al niño, porque es muy pequeño para esas cosas todavía, y le dan una tablet. Una tablet. Algo mucho más correspondido con sus cosas. Sus cosas. Quizá no sean realmente sus progenitores. Ojalá que no lo sean.

Y es que, la generación que nos sucederá, los post-millennials -si es que se les puede llamar así- nunca habrán puesto un vinilo, un cassette o un CD para reproducir música, ni habrán hecho lo propio con los videojuegos. Nunca habrán sentido las fotografías en sus manos, pasando de una a otra como se hacía con los cuasi desaparecidos cromos. Algo tan equiparable como el hecho de leer un buen libro en formato físico. O, quizá, los que en un futuro seamos padres nos volvamos tan puretas que consigamos que nuestros hijos, aún a pesar de la evolución tecnológica, conserven cierta querencia hacia lo analógico.

No se tratará solo de nostalgia. El alma de las fotografías se ha perdido, desechada en favor de la cantidad y de la comodidad. El alma de una práctica basada en convertir en eterno arte nuestros recuerdos, que se dice pronto. Quizá convenga recuperar cierto sentido de lo genuino, de lo palpable, para no perder esos instantes únicos entre ingentes cantidades de megabytes, por mucho que los tengamos siempre en la palma de la propia mano. Para no perdernos esos momentos, de hecho, por ir mirando la pantalla de nuestro querido y necesario smartphone con el único objetivo de hacer esa foto ‘extra’.

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