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¿Va a desaparecer la poesía?

Ya no están Machado, Alberti o Ángel González para responder a esta pregunta, pero podemos encontrar sus palabras cualquier librería. De todas maneras, sería interesante ponerlos ante una serie de libros que hoy en día se colocan semana tras semana en la estantería de más vendidos. Un drama para críticos y una alegría para lectores amateurs que por fin comprenden un poema. O, para ser justos, un cambio cultural, con sus pros y sus contras.

Para salir de dudas y evitar que aparezca el fantasma del pasado diciendo que todo era mejor antes, la comparación es un buen remedio. Podríamos empezar por las portadas: las de esta generación que tanto vende y tanto representa son coloridas, buscan llamar la atención con letras extravagantes y tonos pastel. Todo unos Goebbels del arte. Los viejos poetas, “aburridos” para algunos críticos, son algo más sobrios,  ̶ ni que fueran a querer ser tomados en serio-.

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Es comprensible, ahora son otros tiempos. Ikea vende libros huecos para colocar en las estanterías. Eso sí, las portadas son preciosas, casi parece cuero real. Este afán por lo estético lo ven necesario muchos literatos. Otros, más tradicionalistas y en desacuerdo, piensan que una fachada bonita esconde una casa desordenada y sin sentido.

Decía el filósofo alemán Theodor Adorno en  su Teoría estética que “todas las obras de arte son enigmas”. La poesía siempre ha huido de lo explícito, los poetas hablaban de colores y paisajes para reflejar emociones, de puertas cerradas para la soledad o la frustración, del mar como libertad, la nieve y el calor para hablar de sexo… Un uso sutil de la metáfora, simbolismo en lenguaje académico. Ahora parece que eso se lleva menos.

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Esto de titular con almohadillas (#) y firmar con la cuenta de una red social o un pseudónimo es lo que se lleva. Desde luego, el contenido es digno de Twitter: no sobrepasar los 140 caracteres, que cualquiera pueda leerlo y, quién sabe, sentirse identificado con temas tan trascendentales como el sexo. Sin embargo, hay formas y formas de escribir sobre ello con saltos de línea. Luis García Montero (1958), poeta granadino y catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, escribía Resumen, un breve poema que habla sutilmente de sexo y amor.

“No existe libertad que no conozca,/ ni humillación o miedo/ a los que no me haya doblegado./ Por eso sé de amor,/ por eso no medito el cuerpo que te doy,/ por eso cuido tanto las cosas que te digo.”

 

Por otro lado, para tratar el mismo tema, Pedro Andreu, en representación de los libros color pastel, con dibujos y elementos llamativos (hay que atraer la atención de algún modo) nos ofrece este sutil poema en el que sufre un flechazo y nos cuenta el desarrollo emocional que experimenta:

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En cuanto la vi supe que quería comerme su cerebro a cucharadas.

Tuve que conformarme con su coño.”

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Pedro Andreu, pinterest.com (2015)

Aunque parezca increíble, esto está en las librerías. Y sí, se vende, bastante, de hecho.

Ya se ha visto que los tiempos cambian y todo se adapta a las redes sociales. Desde firmar con tu usuario de Twitter hasta publicar en formato WhatsApp. No es una exageración, Rafa Pons, en un alarde de misoginia y defensor del statu quo imperante, se imagina una conversación entre dos amigas y decide incorporarla en un libro a su manera.

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Fotografía: Guillermo Vera. “A cuento de nada”, Rafa Pons (fridaediciones)
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Fotografía: Guillermo Vera. “A cuento de nada”, Rafa Pons (fridaediciones)

Es difícil de creer, pero estos autores tienen cerca de cuarenta años. Pensemos que estas cosas la escriben personas con canas, aunque parezca que lo ha escrito un adolescente. Me pregunto qué diría Juan Ramón Jiménez ante esta realidad, cuenta la historia que tenía muy mal genio y era muy exigente. Los conflictos entre defensores de estilos distintos no es algo nuevo. Allá en los años 70 estaba el Equipo Claraboya, formado por cuatro poetas leoneses a los que no les gustaba el rumbo que empezaba a tomar la poesía española por aquel entonces. Defendían que la poesía debía ser un arte en sí mismo, un lugar donde se pueda profundizar y ser en ocasiones un reflejo del alma. Bécquer decía aquello de que “la poesía eres tú”, pero tal vez sea descontextualizar un poco sus rimas.

Es cierto que los tiempos cambian y con ello las formas de comunicación, de vestir, los hábitos, y, cómo no, el arte. Pero hoy existen dos líneas muy definidas respecto a la poesía, como bien cuenta Agustín Fernández Mallo en su ensayo Postpoesía. Por un lado está la poesía posmoderna, y por otro, la poesía tradicional. Por si aún queda alguna duda de cuál es cual, basta enfrentar a un autor que se hace llamar “TuristaEnTuPelo” (todo junto, sí) con Ángel González.

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Guillermo Vera. De “Nada Grave”, Ángel González
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Extraída de Twitter, @turistaentupelo

No serán los críticos de literatura los que marquen el éxito de un estilo u otro, sino las personas que consumen poesía. Del mismo modo que un gobierno es el reflejo de sus gobernados, la estantería de alguien puede ser el reflejo de su mundo interior. Reflexionemos sobre esto.

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