Biografías

Un viaje a Tombuctú

Retrato al óleo de René Caillié de Amelie Legrand de Saint-Aubin

El periodista Xavier Aldekoa bajó del mundo en el que España extinguía la peseta, El Señor de los Anillos y Harry Potter sacaban las segundas películas de sus sagas y el Real Madrid ganaba la 9ª y no encontró oro en su destino. Tampoco joyas. Había una universidad junto a una mezquita y una biblioteca que albergaba libros del siglo X d. C. traídos expresamente por el entonces emperador de la región. Estos recogían temas desde legislatura a matemáticas, o historia y astronomía. Pese a esto, no pudo sentir el fervor cultural de aquella época, aunque sí experimentó un viaje en el tiempo cuando pisó por primera vez sus suelos de tierra y vio las paredes de adobe. Muchos era los que en el siglo XVIII también pisaban los suelos de Tombuctú y se frustraban al no encontrar oro.

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Imagen actual de la puerta de una biblioteca de Tombuctú | Vía Sean Smith, Guardian

El nacimiento de un aventurero

No tantos volvían con vida, aunque algunos lo conseguían. No se trataba de Mungo Park, el legendario aventurero escocés, primer europeo en surcar el río Níger, ni el capitán inglés James Cook, sino un muchacho francés que quería, sin hacer ruido, vivir aventuras como sus héroes, descubrir y saciar la imaginación que de niño alimentó Robinson Crusoe. Se llamaba René Caillié.

René nació el 19 de noviembre del 1799 en Mauzé-sur-le-Mignon, un pequeño pueblo del oeste de Francia que hoy en día celebra una fiesta en su honor el cuarto fin de semana de cada junio. Creció entre sus campos y construcciones románicas y góticas no sin dificultades. Entre pobreza y soledad. Cuatro meses antes de su nacimiento, su padre, de oficio panadero, fue acusado de un insignificante hurto que supuso una sentencia a doce años de trabajos forzados, de los cuales solamente cumplió nueve a causa de muerte.

En 1811 también perdió a su madre, tres años después de la muerte de su padre, quedando huérfano a la edad de doce años. Junto a su hermana de 18 años, fue criado bajo la tutela de su abuela materna. Dejó por escrito en los diarios de sus viajes por África como en esa época se vio fascinado por la literatura. En cuanto pudo leer y escribir, en ello centró su voluntad, y así descubrió la leyenda de Tombuctú.

Tombuctú

«El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país, del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios solo se encuentran en Tombuctú».

Al sur del desierto del Sahara, persiguiendo el río Níger, se expandía el Imperio de Mali. A modo de punto de unión entre rutas comerciales nació Tombuctú. «El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país, del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios solo se encuentran en Tombuctú». Este es un famoso proverbio maliense que representa los intercambios comerciales que hizo a la ciudad prosperar y a su amplia cultura proliferar. Se convirtió en la capital intelectual y espiritual y centro de la propagación del islam por toda África durante los siglos XV y XVI.

Las historias de Tombuctú eran cuentos sobre un lugar de cuantiosa riqueza porque la ciudad era como un mito para Europa debido a su inaccesibilidad, por su posición geográfica y por la prohibición de entrada a personas no musulmanas desde principios de milenio.

Buques mercantes, remolques y pinazas para encontrar el oro

Los aventureros que enviaba Europa en la desesperada misión de desmitificarla no volvían para contar la realidad. Cuando le llegó la oportunidad a René, ya había estado en África dos veces. Con 17 años dejó Mauzé-sur-le-Mignon con 70 francos y se unió a la marina francesa. Llegó a Gambia, cruzó el Atlántico en un buque mercante y regresó para acompañar a una expedición británica al desierto senegalés de Ferlo.  

Determinado a desvelar el misterio, aprendió durante ocho meses el lenguaje árabe y las costumbres musulmanas financiado por el Gobierno francés. Sin ese respaldo económico, consiguió 80 libras trabajando unos meses en Sierra Leona prosiguiendo el cometido camaleónico de parecer musulmán. De otra manera, acabaría asesinado como Mungo Park o Gordon Laing.

En Senegal subió a un remolque con dirección al interior del continente, vestido con prendas de ropa tradicional musulmana y haciéndose pasar por un egipcio que había sido arrancado de su tierra por los franceses. Continuó solo en dirección Este viéndose obligado a parar cinco meses en la frontera Norte de Costa de Marfil por enfermedad. Una vez recuperado, enfiló al Norte y en Djené subió a una pinaza que, deslizándolo por el Níger, lo transportaría a su ciudad de adobe soñada. 

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Tombuctú entre nubes de tierra | Vía Sean Smith, Guardian

Al contrario que todos los aventureros que perecieron en el intento de llegar a Tombuctú, René Caillié, no llevaba escolta, ni sirvientes. Lo que le acompañó fueron sus nuevos ropajes e identidad, y dentro de la ciudad, durante dos semanas, un hombre llamado Jeque Al Bekay, en cuya casa se hospedó y escribió sobre Tombuctú. Al contrario que los demás, tuvo viaje de vuelta. En 1838, diez años después de regresar y haber cumplido su sueño murió de tuberculosis, contraída en África. Su verdad fue cuestionada en Europa. ¿Quién iba a creer que en realidad el oro de Tombuctú no era material sino espiritual?

 

 

Victoria De Julián
Estudio Periodismo y Filosofía en la UNAV. Busco oportunidades de ser mejor, crear y aprender haciendo. :D

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