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Ay, Berlín

Ay, Berlín. Esta maravillosa ciudad me acogió durante casi una semana para enseñarme de primera mano lo que es la Historia. El siglo XX supuso para Berlín convertirse en el escenario de lo peor del ser humano, sin embargo, se ha convertido en un centro cultural y artístico sin igual.

Recuerdo la emoción en la llegada al aeropuerto, ¡había nieve fuera! Me recibía el frío pero yo estaba emocionada. Lo más llamativo a mi llegada fue la ausencia de gente, las calles estaban casi vacías, lo que contrasta con las abarrotadas calles navideñas que había en Madrid.  A pesar de ello, el paisaje nevado y el metro berlinés transmitían una sensación de calma que es difícil de describir.

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¿Los alemanes? He de decir que confirmé su carácter reservado, lo que no significa que no fueran amables, y su sentido del trabajo. Lo más desagradable fue la negativa de los trabajadores del Pergamon Museum a aceptar nuestros carnets universitarios para realizar el descuento de estudiante. Pero hablemos de arte. Las Puertas de Ishtar de levantaban imponentes en el Museo de Pérgamo para demostrarnos que las civilizaciones antiguas crearon verdaderas maravillas, mientras la Catedral berlinesa mostraba que la modernidad también puede recrear la belleza del pasado. Las lágrimas corrieron por mis mejillas al ver ambas construcciones, tan diferentes pero con un espíritu común: la grandeza.

Por otro lado, el recuerdo del desastre me golpeó. Apenas unos pasos más allá de la Puerta de Brandeburgo, se alza el Monumento al Holocausto Judío. Oscuro y lúgubre, esta construcción te lleva a la reflexión, la reflexión sobre ti mismo y sobre la naturaleza humana y sus límites. También al visitar el campo de concentración de Sachsenhaussen. No profundizaré en ello, simplemente os animaré a visitarlo, es necesario conocer la historia para no repetir los errores del pasado. La Segunda Guerra Mundial marcó a esta ciudad, es evidente en la división del Berlín Este y el Oeste y en la influencia que esta tuvo en sus habitantes. La East Side Gallery nos lleva a los sentimientos de tolerancia que los berlineses experimentaron cuando el muro cayó y por fin cientos de familias se reunieron. Esos mismos sentimientos puedes compartirlos a través del lienzo en el que se convirtieron los restos de lo que un día significó la división del mundo.

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No podría acabar sin hacer mención a la comida. Las famosas salchichas alemanas se hacen típicas en Berlín como currywurst, salchichas con una salsa picante de curry. Me pareció particularmente curioso que por todas partes hubiera pequeños puestos que vendían bocadillos y fruta fresca envasada, en mi opinión, ligados a la necesidad de comer deprisa de los trabajadores berlineses.

Esta ciudad se merece mucho más que un artículo, se merece ser visitada y que todo lo que puede ofrecer sea descubierto.

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