Opinión

En busca de una nueva ética personal

“El bienestar de los cuerpos y las mentes depende del bienestar de las sociedades en las que se vive. Y ni los individuos ni las sociedades pueden prosperar a menos que disfruten de un nivel adecuado de desarrollo y ante todo de un medio saludable”

PNUMA, 1986.

Esta cita mencionada en el Programa de las Naciones Unidas para el Medioambiente habla del desarrollo sostenible, pero ¿qué es exactamente y qué entendemos por «desarrollo sostenible»?

Es un concepto que escuchamos y leemos a menudo en los medios de comunicación, sin embargo, no nos queda del todo claro qué busca y qué objetivos o fines tiene.

Pues bien, aquí va una breve y sencilla definición, entendemos por Desarrollo Sostenible como aquel “que permite satisfacer las necesidades humanas sin hipotecar la capacidad de las próximas generaciones de satisfacer las suyas”. Significa gestionar los recursos no renovables de acuerdo con el potencial de los recursos renovables de reemplazarlos. Fácil, ¿verdad? Pero parece que no queremos vivir en una sociedad donde prime el bienestar actual y el bienestar futuro, nuestros actos nos delatan.

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Esquema del desarrollo sostenible | Foto vía agenda21murillo.dpz.es

Por desgracia, el concepto de desarrollo sostenible es totalmente utópico ya que el ponerlo en práctica, significaría un vuelco total en nuestro pensamiento occidental en nuestros valores y en la práctica de nuestra sociedad de consumo. Además, es un poco confuso porque para una persona significa poder satisfacer sus necesidades básicas como la comida, salud o vivienda. Mientras, para la mayoría, lamentablemente, significa disponer de cuantos más coches en el garaje mejor; un teléfono, tablet u ordenador a la última, entre otras más cosas. Típico pensamiento de las sociedades de los países “desarrollados” y sí, entre comillas porque hoy en día entendemos por países desarrollados aquellos que tienen un alto PNB, una alta renta per cápita o un alto nivel de consumo, sin embargo, estos indicadores no hablan sobre la salud de la población, la educación, las condiciones de trabajo, la calidad del medio ambiente en un país, la libertad, igualdad o felicidad de sus gentes. Entonces, los indicadores que se usan para determinar si un país está desarrollado, en vías de desarrollo o es subdesarrollado, ¿son los correctos?

Resulta paradójico que, en los países más avanzados, el paro no deja de aumentar, han aparecido nuevas y graves enfermedades como cáncer, problemas cardiorrespiratorios, estrés, obesidad, mayor índice de muertes en las carreteras etc., la degradación del medioambiente, el deterioro de las relaciones interpersonales.

Somos siete mil millones de personas en el mundo, los países ricos e industrializados suponen una cuarta parte y dispone de casi el 85% de los recursos. Esta pequeña porción de la humanidad disfruta de un modelo de desarrollo consumista que provoca una desproporcionada presión sobre el planeta. A modo de ejemplo, en los países desarrollados el 90% de la población dispone de una alimentación suficiente, si bien se consume un 40% más de los requerimientos calóricos diarios medios. La sobrealimentación es el nuevo problema de salud, aunque hay 800 millones de personas que sigan sin tener alimentos suficientes para comer. Solo EE.UU. gasta más de 3000 millones de euros en un año en alimentos dietéticos para combatir el exceso de calorías. Mientras, 1000 millones de personas siguen siendo analfabetas, 1300 millones viven en la pobreza absoluta, más de 1500 millones sin agua potable y más de 2000 millones no tienen acceso a servicios sanitarios adecuados.

El subdesarrollo es la consecuencia de un modelo económico injusto y profundamente arraigado. Por ello, habría que replantearse si es necesaria una nueva ética mundial que detenga esta marcha equivocada, pero ¿qué tal empezar por una nueva ética personal?

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